24 julio 2009
Apenas bajando en la estación Cuauhtémoc me encuentro con una escena un poco dramática.
Un señor de condición humilde trataba de auxiliar a su esposa, desvanecida y llorando angustiada.
Al notarlo confundido y mirando a los lados sin atreverse a pedir ayuda, un muchacho y yo recurrimos a los guardias para que actuaran; parecía ser algo muy reciente.
En lo que hacía tiempo para cerciorarme de que la atendieran, vi una señora insultando a gritos al personal del metro y a unas diez jovencitas llorosas y como paralizadas.
En medio del tumulto en el que cada quien se apresura por sus propios asuntos pregunté con discreción a una de las jovencitas si el metro había golpeado personas, y me respondió que sólo se había quedado inmóvil en el túnel por unos 40 minutos.
Tal vez esto sea frecuente, pero nadie quisiera estar en una situación tan asfixiante y angustiosa por el calor, el apretujamiento y la incertidumbre.











