XI. El cristo

“¡No puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!” Así concluye “La saeta”, un poema de Antonio Machado en el que describe la religiosidad popular andaluza, que cada Semana Santa hace del Cristo Crucificado el objeto de sus cantares. De hecho, el poema inicia propiamente con el texto de una saeta popular, es decir, un canto sobre el folclórico deseo de desclavamiento: “¿Quién me presta una escalera / para subir al madero? / Para quitarle los clavos / a Jesús el Nazareno”. Luego continúa con tres estrofas que describen dicho tipo de canto y el fervor popular al Cristo de la cruz: “¡Oh, la saeta, el cantar / al Cristo de los gitanos, / siempre con sangre en las manos, / siempre por desenclavar! /-/ ¡Cantar del pueblo andaluz, / que todas las primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz! /-/ ¡Cantar de la tierra mía, / que echa flores / al Jesús de la agonía, / que es la fe de mis mayores!” Y en la cuarta estrofa remata con un rechazo personal a este cantar y la religiosidad que representa: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero, / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”

Este intenso poema entusiasma a la primera, al evocar a la memoria los primeros amigos de Jesús, todos pescadores, y las andanzas que el Nazareno vivió con ellos, de la barca a tierra y de la tierra a la barca. Es un poema que claramente opta por la vida en una postura contestataria hacia las tradiciones que ensalzan los símbolos de la muerte. Hasta los juglares setenteros veneraron con fervor esa posición antifolclórica (Serrat lo popularizó como canción).

Pues aún con toda la razón y la belleza del lado del gran Machado, a mí déjenme el cristo como está. Ni soy andaluz, ni canto saetas, ni crecí viendo cristos ensangrentados. No puedo sentir rechazo por un folclor que no conozco. Si bien soy de familia católica, todo mi entorno, como el de tanta gente, ha sido más bien secular y alejado de los símbolos de la fe. Me da pena decirlo, pero mi primer recuerdo de una peregrinación religiosa es de malestar, porque teníamos que trasladar una mercancía y nos demoramos por tener que ceder el paso a quienes cantaban por la calle portando a la Guadalupana.

Como mi fervor traducido en símbolos es relativamente tardío, no veo razón para hacer a un lado la cruz y optar por el Cristo predicador, amable y jovial. Para mí no es una cuestión disyuntiva: se trata de un único Jesús. El que con sus gestos, obras y palabras muestra el rostro amoroso del Padre es el mismo que en su Pasión hace su definitiva oblación.

A varios años de distancia he caído en la cuenta de que una buena parte de la generación eclesial que me formó –catequistas, religiosos, sacerdotes- se expresaba a la Machado, siempre peleándose con los tradicionalismos, con la hipocresía religiosa o con los pietismos desviados. Nunca entendí por qué mostraban tanto desprecio hacia los símbolos de religiosidad popular. Tal vez esa generación creció sacudiéndose formalismos anquilosados, y danzaba al ritmo del terremoto postconciliar. Tal vez ellos nunca comprendieron que nosotros crecimos sin aburrirnos de la película, porque nunca la habíamos visto.

A mí me agrada que cuando se dice “un cristo” o “el cristo”, en el vocabulario común se entiende que se trata de una imagen de Jesús en la cruz. Asumo los evangelios escritos como están, con su tensión literaria desde la vida pública de Jesús hasta el desenlace en su pasión, muerte y resurrección. Y por más que sepamos que Jesús no permaneció clavado y muerto, y que es su resurrección triunfal lo que da sentido definitivo a nuestra vida, algo tiene la cruz que de vez en cuando lo hace a uno regresarse a poner los pies en la tierra cuando la superficialidad empieza a dejar su huella corrosiva.

El cristo de la parroquia donde ahora sirvo, Guadalupe del Río, que es de tamaño natural aunque parece más pequeño porque así sucede con las imágenes a la distancia, es claramente visible para la asamblea. Cuando hago la reverencia inicial para la misa, me queda a muy pocos metros de distancia –nadie más tiene esta vista privilegiada en el momento privilegiado-, y siempre tengo que verlo de frente. Digo que tengo que verlo porque a veces no puedo evitar uno que otro estremecimiento cuando esa imagen me pone un brusco freno a las prisas y pendientes que suelen invadir el pensamiento cuando la santa misa es un acontecimiento más en la jornada. Qué bueno que los especialistas en liturgia nunca han cedido a sacrificar el cristo y desplazarlo del lugar que tiene en la arquitectura sagrada. No me lo quiten, por favor.

Semanario Presencia Núm. 1210, del 26 de diciembre de 2010 al 1 de enero de 2011.

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X. Entre pingüinos

De que las experiencias de la adolescencia son particularmente memorables, no cabe duda.

El pasado 27 de noviembre participé en un reencuentro de exalumnos de la secundaria, nuestra mítica ETI 24, que ya en mis tiempos ni siquiera se llamaba así, pero que hasta la fecha es conocida como tal, pues su fonética sigue siendo insuperable. No es lo mismo decir “ETI VEINTICUATRO” con su ritmo de doble galope, que “EST UNO”, tan impronunciablemente opaco. Además, “ETI” es una palabra sencillísima: dos vocales entre infantiles y femeninas, pero con una consonante explosiva en medio. Y la palabra “veinticuatro”, con su sonido tan fuerte y vocales abiertas, le da un remate imponente y varonil.

Dejando el deleite fonético del nombre de mi escuela y regresando al reencuentro, los más entusiastas organizadores fueron los de mi generación, la 78-81. Así que pululaba de pingüinos cuarentones que se saludaban recordando aquellas viejas amistades, alianzas, travesuras, aventuras y una que otra tragedia (nos decían pingüinos por el uniforme de camisa blanca y suéter azul abierto).

Uno de los primeros que me saludó era un hombre de aspecto muy robusto, que con notoria alegría me preguntó por mi hermano el declamador y por algunos de mis compañeros y se identificó como parte de una generación dos años posterior a la mía. Su inmediato recuerdo fue sobre cómo su grupo recurría siempre al mío cuando eran agredidos por grandulones, pues entre mis compañeros había varios hermanos de los compañeros de él.

Tan imborrables son estas experiencias, que este hombre robusto, con su trabajo y desempeño social actual, con su familia – a la cual por cierto sensatamente excluyó de la efímera reunión- traía a la memoria la protección que le brindaba mi grupo, ante eso que en inglés llaman “bullying” y que se refiere al acoso escolar. Parecía como si dejara de ser el hombrezote que es hoy para convertirse por un momento en el niño necesitado de protección, que a treinta años de los acontecimientos aún mostraba gratitud a mi grupo en representación del suyo.

Y es que esto del acoso escolar es cosa seria. El adulto puede minimizar cómo los niños o adolescentes grandes se aprovechan de los más pequeños, pero la experiencia enseña que la angustia y el miedo pueden llevar a un niño indefenso a decisiones extremas. Me tocó escuchar un programa de radio sobre cómo se puede ayudar a los niños vulnerables a afrontar esto que para ellos es un enorme problema, enseñándoles trucos para protegerse y dejar de vivir en continua angustia. Deberían de promoverse más estas formas de educación, pues estos tipos de hostigamiento, por simple rigor estadístico, siempre van a existir.

Las buenas experiencias son imborrables también, claro. El aludido fortachón me recordaba como si fuera algo reciente cómo mi hermano los impresionaba con sus declamaciones en las que con el fondo musical de corridos de la revolución mexicana y vestido como campesino sombrerudo, imitaba a Ignacio López Tarso gritando aquella frase de “Y la máquina seguía, piiiiiiita y pita y caminando”.

Tal vez mi hermano es recordado tan vivamente porque en esa época era pequeñito de estatura también y de alguna forma representaba a los pacíficos que lograban llamar la atención en formas más nobles, y que superaban la fanfarronería de los abusivos.

En el reencuentro saludé a muchos otros, claro, pero este caballero en particular al que yo no recordaba y que logró reconocerme, me puso de pronto a pensar en lo decisivas que son esas épocas juveniles. Como me decía otra compañera: “Recuerdo más lo que hice entonces que lo que hice ayer”.

Semanario Presencia Núm. 1208, del 12 al 18 de diciembre de 2010.

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IX. Hasta las nubes

Yo tenía unos siete años cuando mi papá, QEPD, me llevaba a ayudarle a trabajar. No; no fui un niño explotado. Todo lo contrario. Creo que dentro de la sencillez de don Baldomero él tuvo un arranque de sabiduría cuando, al mirarme bobeando y haciéndome el remilgoso con la comida, decidió ejercer sus muy peculiares dotes pedagógicas y me llevó al trabajo. Aunque en realidad era más lo que le estorbaba, al regresar a casa después del primer día, literalmente me bebí el plato de la cena. Entonces concluyó con la primera lección: “¿No que no, camión?”.

En esa nueva etapa en que estaba más cerca de mi papá aprovechaba para bombardearlo con preguntas. Y las respondía todas. Yo no podía imaginar que mi papá ignorara de qué estaban hechas todas las cosas o por qué funcionaban, o que no supiera inglés, o chino, o manejar trenes o pilotear aviones, aún cuando ni siquiera lo había visto conducir un automóvil.

En una ocasión, absorto en mis cuestionamientos sobre el funcionamiento del mundo, y a lo mejor acabando de ver algún episodio de “El Llanero Solitario”, le espeté una de tantas: “Apá, ¿hasta dónde llega una flecha?”. Sin titubear y sin siquiera apartar la vista del molde que estaba utilizando, serenamente respondió: “Hasta las nubes, mijo”. Pero no me bastaba la respuesta. – “¿Y no hay algunas que lleguen más lejos”? – “No, mijo; no pueden”. – “¿Y si el arco es más grande y lo jalan más?”. – “Hasta las nubes”-, remató con tal certeza y tono de voz que eliminó la posibilidad de que siguiera preguntando: yo ya veía claro que todas, invariablemente todas las flechas llegan hasta las nubes, no más, no menos.

De alguna forma tal vez aprendió el pobre a librarse de mi metralla de preguntas para que lo dejara en paz, y desarrolló el fino arte de “batearme” y dejarme satisfecho.

Ya en la secundaria y con el doble de edad, en la clase de geografía tocó la explicación sobre el ciclo de la lluvia, en la cual aprendimos que las nubes se clasifican en cirros, nimbos, cúmulos, cúmulo-nimbos y otras tantas combinaciones. Era todo un lagartón y aún me esforzaba por conciliar las discrepancias entre lo que aprendía y la enseñanza de mi papá. Si los cirros, que parecen un tapiz de barbas de pluma, eran bajitos, entonces debían ser el límite del alcance de una flecha. Los cúmulos, que se elevan altos como montañas, no debían causar conflicto con las medidas, porque seguramente su parte inferior estaba a la misma altura que los cirros. Con los nimbos, que son las nubes negras de la lluvia, la cosa era fácil, porque debían estar muy bajitos también. Estas salvajes imprecisiones eran necesarias para ajustar mis dogmas a algo inviolable: mi papá me dijo que las flechas llegan hasta las nubes, y yo aún no estaba preparado para afrontar tamaña desproporción. ¿Cómo aceptar que ni siquiera se acercan?

Hubo algunas otras cosas que me enseñó mi padre y de las cuales vino después el desencanto, pero gracias a Dios fue algo gradual en el proceso de humanización de las personas a quienes los niños ven con natural sentido de veneración. Así que la gente que me quiere puede permanecer tranquila: ni fui explotado ni dejó daño permanente la caída de los ídolos. Además, con todas las imperfecciones que mi padre hubiera tenido, no dejo de agradecer a Dios el privilegio de que hubiéramos podido compartir tiempo juntos. No debería ser un privilegio, sino lo común, y los padres de familia, ambos y no sólo la mamá, deberían recordar lo grandioso que es para un niño tenerlos cerca.

Quien no haya tenido ese privilegio, no se justifique a sí mismo como si automáticamente tuviera que actuar con desamor frente a sus propios hijos. El ser humano tiene un potencial inmenso de mejorar y sanar. Además, el señor Jesús es especialista en sanaciones. E independientemente de los posibles lastres personales, se suele hoy en día exagerar con los hijos recurriendo para casi cualquier cosa al pediatra o al psicólogo. A veces se olvida que estos especialistas hacen sólo lo que les toca: ellos no son los papás.

Así que, mamás, y sobre todo papás, no tengan miedo de exponerse ante sus vástagos. Gobiérnenlos, ilústrenlos y equivóquense, pero pasen tanto tiempo con ellos como sea posible. Mientras los niños puedan acercarse a sus padres, qué importa que después descubran que las flechas no se acercan a las nubes.

Semanario Presencia Núm. 1206, del 28 de noviembre al 4 de diciembre de 2010.

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VIII. Las prioridades del Obispo

Al final de los ejercicios espirituales para el presbiterio en mayo de 2009, el Sr. Arzobispo Rafael Romo expuso ante quienes concluíamos la tanda una lista de siete prioridades diocesanas.

Fue un momento valioso, pues como presbiterio podíamos ver con claridad más sistemática lo que nuestro Obispo visualizaba como medular. Además de ser “el jefe”, su presencia privilegiadamente múltiple en todas las áreas de la vida diocesana le da una visión que es imposible que cada quien en lo individual tenga.

La lista que nos expuso es la siguiente.

1. RELIGIOSAS. Mencionó la satisfacción de que abunden en nuestra iglesia local y de que muchas de ellas estén dedicadas a la atención pastoral parroquial. Nos urgió a atenderlas.

2. MOVIMIENTOS. Valoró la ventaja de que tienen estructura y un proceso de formación, haciendo ver la necesidad de que todos tengan un sacerdote asesor. Ante el frecuente sentido de pertenencia un poco exclusivista, dijo que hay que hacerles ver claro que primero son Iglesia diocesana y secundariamente un movimiento.

3. MISIÓN. Mencionó el proyecto de tener misioneros locales consagrados por un tiempo, al estilo de los Misioneros Servidores de la Palabra, pero al servicio de la Diócesis. Urgió la Misión Permanente ante la comparativamente mayor efervescencia del visiteo de casas por parte de los no católicos.

4. SACERDOTES ANCIANOS Y ENFERMOS. Insistió en la necesidad de su atención eficaz, y de tener buenas casas parroquiales para ellos, que también sirvan para que vivan varios sacerdotes que atiendan sus distintas parroquias o servicios.

5. APOYO A LO DIOCESANO. Hizo ver que hay un insuficiente sentido de pertenencia a toda una iglesia local, y la incongruencia de que cada quien se entusiasma sólo por lo que le toca dirigir, esperando que todos los demás lo apoyen. Recordó que las encomiendas particulares que el Obispo hace a un sacerdote, parroquias incluidas, no deben crear pequeñas islas ausentes de colaboración en los grandes retos diocesanos.

6. SEMANARIO PRESENCIA. Valoró el gran mérito de su existencia en estas décadas e insistió en la urgencia de apoyarlo.

7. PASTORAL JUVENIL. Valoró las concentraciones masivas como signo visible de las manifestaciones de la Iglesia. Hizo incluso una propuesta concreta de que la gran concentración juvenil anual fuera el Domingo de Ramos y no en el pastoralmente difícil momento de la Vigilia Pascual, ya que los jóvenes son requeridos en sus parroquias.

Las anteriores son las siete prioridades que nos mencionó. Quien esté leyendo con atención, muy probablemente cuestionará lo que puede percibirse como grandes huecos, como el Seminario, la formación de los laicos, el clero joven, la pastoral vocacional, las zonas marginales y otras tantas cosas. Con más razón si tiene en mente el esquema del Plan Diocesano de Pastoral o está bien adiestrado en el método “Pueblo de Dios en Misión”.

Pero hay que entender el mensaje del Sr. Arzobispo en su contexto: se trata de acentuaciones ante una realidad que él percibe directamente en sus continuas visitas a todas las áreas de la diócesis, y de urgencias que lo mueven a insistirnos en cosas que probablemente no vemos, al estar cada quien enfrascado en sus actividades.

Por hoy quiero desarrollar un poco más, de entre las mencionadas siete prioridades, solamente el apoyo a este Semanario. El Sr. Arzobispo se ha referido a él como el “órgano oficioso de la diócesis” y frecuentemente ha ponderado el que contenga temas de actualidad de la Iglesia Universal, que él mismo utiliza para documentarse, aun cuando cuente con otras fuentes. Insiste en el apoyo porque valora el mérito de continuidad que se ha logrado con la perseverancia de Mons. Áckerman y otros colaboradores, y porque es un privilegio el solo hecho de que existe en la diócesis este órgano informativo.

A lo largo de estos veintitrés años el Semanario ha tenido muchos tropiezos y sorteado dificultades de todo tipo, por supuesto.

Una de las debilidades que a la vez es una fortaleza es la identidad misma de este órgano. Es una iniciativa libre de varios católicos que quieren contribuir en el ámbito de los medios a la evangelización y a la vida de la Iglesia. No es un órgano oficial diocesano. No depende del Obispo ni es supervisado por algún departamento diocesano. El responsable del Semanario es Mons. Áckerman porque él lo creó y lo mantiene, no porque haya recibido esa consigna de su Obispo.

Esto es una debilidad porque en sentido estricto no se puede acusar de falta de solidaridad con la Iglesia diocesana a quien no apoye este Semanario. Es una debilidad porque al ser autónomo y tener un amplio margen de discrecionalidad en lo que publica puede cometer al menos imprudencias o generar confusión con las opiniones muy particulares de quienes escriben.

Pero esta identidad del Semanario es también y sobre todo una fortaleza. Es improbable que un órgano tal existiera y se hubiera mantenido por veintitrés años si dependiera de un departamento diocesano que, tratándose de estas iniciativas tan absorbentes y que requieren tanta dedicación, muy probablemente ya lo hubiera desaparecido y resucitado varias veces.

Es una fortaleza porque la variedad de opiniones es un reflejo de la riqueza misma de la Iglesia, que difunde y defiende la unidad de la fe, pero no se empeña en la uniformidad. Es una fortaleza porque, sin ser una obligación el difundir este Semanario, sí es muestra de nobleza el apreciar su enorme valor y aprovecharlo para difundir valores y buena prensa, que tanta falta hacen en el medio.

Es una fortaleza porque en medio de los riesgos de la diversidad, tenemos la oportunidad de mejorarlo. Depende de que fraternamente lo hagamos. Y con más razón si nuestro Obispo lo ve como una prioridad.

Semanario Presencia Núm. 1205, del 21 al 27 de noviembre de 2010.

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VII. Por el desierto de Arizona

En los últimos años me ha sido casi imposible programar con anticipación salidas de descanso, así que lo que me ha dado resultado es que en cuanto encuentro en el calendario al menos un par de días manejables, le doy unos pocos codazos a los días anteriores y posteriores desplazando compromisos, y me lanzo “a donde apunte la chancla”. La desventaja es que, al no programar, no hay compañía, y por supuesto que tener con quién compartir el esparcimiento es lo ideal. Pero para ser sincero no me ha ido nada mal explotando la parte positiva de las andanzas en solitario. Después de todo, el no encabezar una familia humana propia tiene sus ventajas: no hay agendas que compaginar ni se tiene que entrar en negociaciones para ver a quién le toca ceder. Espero no ser malinterpretado: lejos de mí hacer una apología simplona de la solitariedad; siempre que puedo salgo acompañado. Pero también a la carencia se le saca jugo.

En septiembre pasado tuve una de estas escapadas. Hay quien no me lo cree, pero una vez verificadas las buenas condiciones mecánicas de mi Derby 2002, sólo preparé mi mochila y crucé la frontera a Estados Unidos sin tener la menor idea de a dónde iría. Algo me decía que viviendo a un lado de este gigante hay mucho por aprovechar. Y es que suele suceder que las cosas más cercanas las menosprecia uno, aunque gente de todas partes del mundo haga el esfuerzo de venir a conocerlas.

El acceso actual a la tecnología facilita mucho los viajes con tan poca preparación. La capacidad de conectarse a las redes públicas con acceso a la internet hace una diferencia enorme. Muchos telefonitos móviles tienen esta capacidad. Y hay muchos puntos con redes públicas. Así que basta un poco de perseverancia para encontrar dichos puntos, y se abre un mundo de posibilidades. Así es como fui por todo el camino preparando lo que haría con no más de cuarenta y ocho horas de anticipación; en algunos casos incluso decidiendo de un momento a otro. Encontraba conexión y consultaba la información de tiendas, iglesias y sus horarios de misa, cafés, puntos de interés y hasta reservaciones para acampar. Sí: reservé mi lugar para acampar en un portal gubernamental y cuando llegué al Gran Cañón ya me estaba esperando mi espacio para vehículo y tienda. Estos güeros son otra cosa.

¡Y a propósito de güeros! (así les digo; ya sé que hasta su presidente es morenito). Recordarán todos que la infame “Ley Arizona” da facultades para ser ejercidas contra quienes simplemente tengan aspecto extranjero. Pues resulta que después de largas horas de manejo llegué a un pintoresco y diminuto pueblito llamado Williams, en Arizona mismo, que está más o menos una hora antes del Gran Cañón. Estacioné el Derby con su letrerote de “Tijuana”, me dirigí a la cajuela por algo de alimento y me puse a comer de pie. En eso escuché del lado derecho una vocecita increíblemente educada. Era una niña como de diez años, rubia de ojos azules –gringuita gringuita, pues-. Iba con su hermanita pequeña en bicicleta sobre la banqueta, que era muy estrecha, y me dijo (en inglés, claro) algo así como “Perdone usted, señor. ¿Sería tan amable de cerrar su puerta para poder pasar?”. Le pedí disculpas al ver que había dejado abierta la puerta del copiloto y apresuradamente la cerré. “Con todo mi respeto para usted, señor”, concluyó la chamaquita. Su trato extremadamente respetuoso tenía una carga de significado tremenda. Era una niña rubia que vivía en un estado visto por el mundo entero como nido de racistas, y de pronto se encontraba con un extranjero distraído al que necesitaba pedirle algo que podía darle el pretexto para incomodarse. Tratándose de un pueblito que vive del turismo, la gente de Williams parece que lidia con la zozobra de ser blancos en un contexto donde se hicieron impopulares. Este “racismo al revés” me apenó y me enterneció a la vez. La ternura me duró buen rato, pero mentiría si dijera que la pena me duró lo mismo: yo llegué pronto al Gran Cañón y la pena a su gran desaparición.

Semanario Presencia Núm. 1204, del 14 al 20 de noviembre de 2010.

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