“¡No puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!” Así concluye “La saeta”, un poema de Antonio Machado en el que describe la religiosidad popular andaluza, que cada Semana Santa hace del Cristo Crucificado el objeto de sus cantares. De hecho, el poema inicia propiamente con el texto de una saeta popular, es decir, un canto sobre el folclórico deseo de desclavamiento: “¿Quién me presta una escalera / para subir al madero? / Para quitarle los clavos / a Jesús el Nazareno”. Luego continúa con tres estrofas que describen dicho tipo de canto y el fervor popular al Cristo de la cruz: “¡Oh, la saeta, el cantar / al Cristo de los gitanos, / siempre con sangre en las manos, / siempre por desenclavar! /-/ ¡Cantar del pueblo andaluz, / que todas las primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz! /-/ ¡Cantar de la tierra mía, / que echa flores / al Jesús de la agonía, / que es la fe de mis mayores!” Y en la cuarta estrofa remata con un rechazo personal a este cantar y la religiosidad que representa: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero, / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”
Este intenso poema entusiasma a la primera, al evocar a la memoria los primeros amigos de Jesús, todos pescadores, y las andanzas que el Nazareno vivió con ellos, de la barca a tierra y de la tierra a la barca. Es un poema que claramente opta por la vida en una postura contestataria hacia las tradiciones que ensalzan los símbolos de la muerte. Hasta los juglares setenteros veneraron con fervor esa posición antifolclórica (Serrat lo popularizó como canción).
Pues aún con toda la razón y la belleza del lado del gran Machado, a mí déjenme el cristo como está. Ni soy andaluz, ni canto saetas, ni crecí viendo cristos ensangrentados. No puedo sentir rechazo por un folclor que no conozco. Si bien soy de familia católica, todo mi entorno, como el de tanta gente, ha sido más bien secular y alejado de los símbolos de la fe. Me da pena decirlo, pero mi primer recuerdo de una peregrinación religiosa es de malestar, porque teníamos que trasladar una mercancía y nos demoramos por tener que ceder el paso a quienes cantaban por la calle portando a la Guadalupana.
Como mi fervor traducido en símbolos es relativamente tardío, no veo razón para hacer a un lado la cruz y optar por el Cristo predicador, amable y jovial. Para mí no es una cuestión disyuntiva: se trata de un único Jesús. El que con sus gestos, obras y palabras muestra el rostro amoroso del Padre es el mismo que en su Pasión hace su definitiva oblación.
A varios años de distancia he caído en la cuenta de que una buena parte de la generación eclesial que me formó –catequistas, religiosos, sacerdotes- se expresaba a la Machado, siempre peleándose con los tradicionalismos, con la hipocresía religiosa o con los pietismos desviados. Nunca entendí por qué mostraban tanto desprecio hacia los símbolos de religiosidad popular. Tal vez esa generación creció sacudiéndose formalismos anquilosados, y danzaba al ritmo del terremoto postconciliar. Tal vez ellos nunca comprendieron que nosotros crecimos sin aburrirnos de la película, porque nunca la habíamos visto.
A mí me agrada que cuando se dice “un cristo” o “el cristo”, en el vocabulario común se entiende que se trata de una imagen de Jesús en la cruz. Asumo los evangelios escritos como están, con su tensión literaria desde la vida pública de Jesús hasta el desenlace en su pasión, muerte y resurrección. Y por más que sepamos que Jesús no permaneció clavado y muerto, y que es su resurrección triunfal lo que da sentido definitivo a nuestra vida, algo tiene la cruz que de vez en cuando lo hace a uno regresarse a poner los pies en la tierra cuando la superficialidad empieza a dejar su huella corrosiva.
El cristo de la parroquia donde ahora sirvo, Guadalupe del Río, que es de tamaño natural aunque parece más pequeño porque así sucede con las imágenes a la distancia, es claramente visible para la asamblea. Cuando hago la reverencia inicial para la misa, me queda a muy pocos metros de distancia –nadie más tiene esta vista privilegiada en el momento privilegiado-, y siempre tengo que verlo de frente. Digo que tengo que verlo porque a veces no puedo evitar uno que otro estremecimiento cuando esa imagen me pone un brusco freno a las prisas y pendientes que suelen invadir el pensamiento cuando la santa misa es un acontecimiento más en la jornada. Qué bueno que los especialistas en liturgia nunca han cedido a sacrificar el cristo y desplazarlo del lugar que tiene en la arquitectura sagrada. No me lo quiten, por favor.
Semanario Presencia Núm. 1210, del 26 de diciembre de 2010 al 1 de enero de 2011.